A 50 años de la Noche de los Lápices: recuperar la historia para construir nuevas memorias

La historia del secuestro y desaparición de seis jóvenes estudiantes platenses en la noche del 16 de septiembre de 1976 fue narrada y transmitida generación tras generación desde la transición democrática hasta el presente. La construcción de esta memoria pública puede anclarse en dos grandes productos culturales de mediados de los ‘80: el libro de María Seoane y Héctor Ruiz Núnez titulado La Noche de los Lápices (1986) y la película homónima de Héctor Olivera estrenada el mismo año. En ellos se narra la lucha de estos estudiantes de entre catorce y dieciocho años por la reincorporación del boleto escolar gratuito y la represión a la que fueron sometidos; según esta historia, sólo uno sobrevivió y se encargó de contar al mundo esta tragedia.


Debemos contemplar que el libro y la película fueron producidos a partir de los testimonios y las investigaciones recabadas en y para el juicio a las Juntas Militares de 1985. En ese contexto, la narrativa humanitaria desplegada en la escena judicial tendió estratégicamente a la despolitización y a la búsqueda por probar la inocencia de las víctimas en pos de condenar a los responsables y generar un consenso social que garantizara la no repetición de estos crímenes que se expresó en el informe y la consigna Nunca Más. Esta forma de narrar los hechos constituyó lo que Emilio Crenzel denomina un “régimen de memoria”, que hace referencia a aquellas memorias emblemáticas que se vuelven hegemónicas en la escena pública porque logran instaurar los marcos de selección de lo memorable y las claves o modos en que ese pasado debe ser recordado, interpretado, narrado y transmitido.

De esta manera, la Noche de los Lápices se convirtió en una memoria emblemática en la Ciudad de la Plata, especialmente en las escuelas y para el movimiento estudiantil secundario. En las últimas décadas, a partir de investigaciones académicas, institucionales y de los nuevos testimonios de sobrevivientes, algunos aspectos claves de esta narrativa se fueron desarmando y complejizando. En parte, porque la construcción de conocimiento histórico pudo plantear nuevas preguntas, nutrirse de fuentes de información diversas y abrir nuevas líneas de investigación en torno al pasado reciente. Pero también porque se corrieron los marcos de lo memorable y se transformó la capacidad de escucha social.

Los aportes de la historia permitieron comprender que lo que se nombra como La Noche de los Lápices formó parte de la intervención represiva y autoritaria en el ámbito educativo, que fue constitutiva del proyecto de reorganización económica y social a escala nacional que entendemos como genocidio.

A su vez, estos aportes nos llevaron a considerar nuevas temporalidades. Por un lado permitieron inscribir las luchas por el Boleto Escolar Secundario (BES) desde 1975, en un contexto de alta conflictividad social y política, caracterizado por una fuerte movilización y participación estudiantil. Por otro lado, permitieron reconocer que la violencia estatal y paraestatal tenía antecedentes previos al golpe de estado.

En efecto, en la región de La Plata, Berisso y Ensenada la persecución hacia estudiantes, trabajadores y delegados gremiales comenzó varios meses antes del inicio de la dictadura. Sin embargo, es indudable que las dimensiones y el carácter que asumió el terror estatal a partir de marzo del ’76 no tuvieron comparación con ninguna experiencia previa.

En lo que refiere al movimiento estudiantil, en diciembre de 1975 fue asesinado Ricardo Arturo “Patulo” Rave, dirigente de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de La Plata. En los meses siguientes, la persecución a estudiantes secundarios de la ciudad se intensificó y se profundizó durante todo el período dictatorial. De este modo, mientras las instituciones educativas atravesaban importantes cambios bajo la vigilancia y el control del aparato represivo, numerosos estudiantes secundarios que tenían militancia política y estudiantil fueron secuestrados durante el mes de septiembre de 1976.

De la investigación realizada por el Programa de Reparación de Legajos de la Dirección de Políticas de Memoria y Reparación de la Secretaría de Derechos Humanos y Políticas de Igualdad de la UNLP se desprende que el 1° de septiembre de 1976 fueron citados por el Vicerrector del Colegio Nacional, Juan Carlos Stomo, cinco alumnos para ser interrogados en su despacho por personal de la SIE (Secretaría de Inteligencia del Estado): Eduardo Pintado, Víctor Vicente Marcasciano, Pablo Pastrana, Luis Favero -militantes comunistas de la Federación Juvenil Comunista (FJC)- y Cristian Krause. Excepto Pintado que logró escapar y Favero que no se encontraba ese día, los restantes fueron secuestrados y tiempo después liberados.

El 4 de septiembre Victor Treviño de la Escuela Media N° 2 “La Legión”, militante de la Juventud Guevarista (JG), fue secuestrado y continúa desaparecido. El 8 de septiembre fue secuestrado Gustavo Calotti del Colegio Nacional, militante de la UES hasta 1975 y posteriormente de la Juventud Guevarista (JG). El 15 de septiembre, se produjo el secuestro de Claudio de Acha, militante de la UES del Colegio Nacional, quien continúa desaparecido. El 16 de septiembre secuestraron a María Claudia Falcone, militante de la UES y estudiante del Bachillerato de Bellas Artes, junto a María Clara Ciocchini, también militante de la UES en Bahía Blanca; las dos continúan desaparecidas. Ese mismo día detuvieron a Daniel Alberto Racero y a Horacio Ungaro, militantes de la UES y estudiantes de la Escuela Normal N° 3 de La Plata, junto a Francisco López Muntaner, también militante de la UES y estudiante del Bachillerato de Bellas Artes. Todos continúan desaparecidos. El 17 de septiembre secuestraron a Emilce Moler, militante de la UES y estudiante del Bachillerato de Bellas Artes.

El 21 de septiembre, se produjo el secuestro de Pablo Díaz, militante de la JG, estudiante de “La Legión”. El 29 de septiembre fue secuestrado Juan Cristobal Mainer, estudiante del Bachillerato y militante de la UES. Los tres fueron liberados luego de pasar por diversos Centros Clandestinos de Detención de la región. Esta “larga noche de los lápices” se extendió también, a egresados recientes que habían militado activamente en el GESA (Grupo de Estudiantes Secundarios Antiimperialistas) como Graciela Torrano, Alejandro De Sio y Domingo Cáceres, egresados del Bachillerato de Bellas Artes, y Abel Fuks egresado del Colegio Nacional. El secuestro de Nilda Eloy el 1º de octubre de 1976, también egresada reciente del Bachillerato, puede pensarse como parte de esta misma cronología.

Estos secuestros junto a las medidas restrictivas y la política de terror implantada sobre la población en general y en el ámbito educativo en particular, derivaron en la expulsión, migración y deserción de estudiantes secundarios y jóvenes universitarios. En varias instituciones escolares, en particular las de nuestra Universidad, esto se reflejó en la reducción de turnos y divisiones y, por lo tanto, en el achicamiento de la matrícula. Todo esto condicionó las trayectorias vitales de una generación que después de haber padecido la persecución política debió afrontar las dificultades para reinsertarse en la sociedad, retomar sus estudios o reinventar sus proyectos de vida.

De esta sistematización de los hechos, se desprenden las diversas militancias políticas de las víctimas de lo que conocemos como la Noche de los Lápices. Esto nos permite acercarnos con mayor precisión a las causas que llevaron a la persecución y desaparición, para entender que si bien el terror fue desplegado sobre toda la sociedad y el BES fue parte de las reivindicaciones del movimiento estudiantil, la violencia estuvo especialmente dirigida hacia quienes tenían militancias orgánicas y eran considerados “subversivos”, una amenaza para el orden político y social.

A su vez, esta reconstrucción permite dar cuenta de la existencia de varios sobrevivientes y de la importancia de sus testimonios como aportes para la construcción de memorias plurales que complejizan y enriquecen el relato histórico. Por ejemplo, es a partir de algunos de estos testimonios que podemos incorporar a la “memoria emblemática” discusiones sobre la lucha armada, los objetivos de la militancia estudiantil, los alcances de la idea de la revolución, en definitiva, de los horizontes de futuro de aquella generación.

Las voces de sobrevivientes aportan formas de pensar el acontecimiento desde el presente; Emilce Moler, entrevistada recientemente por diversos medios de comunicación, asevera que lo fundamental es pensar lo abierto de este pasado, en tanto la desaparición es un crimen que se sigue perpetuando hasta que sepamos dónde están. A su vez, afirma que lo más difícil a la hora de contar lo que les pasó no es que se entienda la violencia, parte constitutiva del mundo globalizado, hiperinformado y desensibilizado en el que vivimos: lo más difícil de explicar, dice Emilce, es lo que pensaban y soñaban en ese entonces.

En ese sentido, nos aporta algo interesante para pensar en los sentidos de la transmisión de este pasado: “cada generación tiene que encontrar sus propias luchas y su propia manera de participar. Creo que hay un punto de encuentro entre generaciones en el deseo de construir una sociedad más justa, aunque cambien las formas de expresarlo y de participar. Y quizás, más que preguntarnos por qué [los jóvenes] no militan como nosotros, deberíamos ayudarlos a encontrar sus propias respuestas frente a una pregunta mucho más amplia: ¿qué puedo hacer frente a algo que considero injusto?”

Nos preguntamos, entonces, ¿cómo y para qué seguir narrando la historia de la Noche de los Lápices a 50 años de estos hechos? Creemos que este acontecimiento que se volvió un símbolo de la lucha estudiantil y también de las memorias del horror del terrorismo de estado, nos abre la posibilidad para abordar varias aristas de lo sucedido durante la última dictadura argentina: la represión en el ámbito educativo, el rol de la burocracia y de las instituciones en el control y el disciplinamiento social, la responsabilidad de funcionarios civiles, la persecución obrero-estudiantil en la región de La Plata, Berisso y Ensenada, el impacto que la dictadura tuvo en nuestra Universidad, la violencia paraestatal más allá de la temporalidad del gobierno dictatorial y, a su vez, nos permite pensar en una sociedad en su conjunto como víctima del genocidio que excede lo acontecido en esa “larga noche”.

También, nos preguntamos ¿por qué seguir recordando? ¿Qué recuperar y qué desarmar de la memoria emblemática de este acontecimiento? ¿Queremos sostener una memoria literal, del ejemplo heroico, de las víctimas inocentes? o ¿Queremos construir una memoria para que las nuevas generaciones puedan sentirse parte de un pasado en común, sujetos políticos y protagonistas de la Historia?. En el debate público y en la construcción de memorias colectivas, lo ritual, lo simbólico y lo mítico de La Noche de los Lápices sigue teniendo un peso específico en nuestra ciudad por su capacidad para movilizar políticamente a los jóvenes al hacerlos parte de una genealogía de luchas, un legado, una identidad común. Creemos en el potencial de esa memoria, pero más allá de esto, reafirmamos como dice Emilce que el desafío es y seguirá siendo dar lugar a las nuevas generaciones en la construcción de otras capas de memorias e identidad que, a partir de las reivindicaciones políticas de cada presente, le imprimirán nuevos sentidos a esta historia.

Para conocer más:

Raggio, S. (2017). Memorias de la Noche de los Lápices : Tensiones, variaciones y conflictos en los modos de narrar el pasado reciente. La Plata : Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación ; Posadas : Universidad Nacional de Misiones; Los Polvorines : Universidad Nacional de General Sarmiento. (Entre los libros de la buena memoria ; 10). Recuperado de http://libros.fahce.unlp.edu.ar/index.php/libros/catalog/book/98

Los irrecuperables, historias de militancia y represión (2006). Programa Jóvenes y Memoria. CPM https://youtu.be/iVMGUxdr1Ak?si=R5bIhduWfSGdxWg0

Pappier, V (2022). ¿Cómo se enseña la última dictadura a los jóvenes?: Experiencias de transmisión del pasado reciente en una escuela de la ciudad de La Plata. Los Polvorines : Universidad Nacional de General Sarmiento; La Plata: Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación; Posadas: Universidad Nacional de Misiones. (Entre los libros de la buena memoria; 26). En Memoria Académica. Disponible en: https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/libros/pm.5109/pm.5109.pdf

Crenzel, E. (2014). La historia política del Nunca Más. La memoria de las desapariciones en la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI.

2 Especialmente en las resoluciones Nº 1048/15, Nº 2902/19, Nº 1201/23 y Nº 1065/24 disponibles en el SEDICI: SEDICI/Secretaria de Derechos Humanos UNLP/Resoluciones

3 Emilce Moler: “Las ausencias no se superan; los sueños perdidos, tampoco” – 12 de septiembre de 2026. Por Luciana Bertoia. Página|12 Acceso a la nota completa

4 Emilce Moler: “Cada generación tiene que encontrar sus propias luchas” – 12 de septiembre de 2026. Por Luciana Rosende. Tiempo Argentino Acceso a la nota completa

5 La memoria literal, según Tzvetan Todorov, remite a un uso del pasado en el que el acontecimiento histórico se vuelve único e insuperable, derivando en modos repetitivos y ritualizados de rememoración que terminan sometiendo el presente al pasado. La memoria ejemplar, por el contrario, supone un uso del pasado con miras a actuar sobre el presente, rememorar y comprender las experiencias pasadas para poder actuar sobre las injusticias de nuestro presente. Todorov, T. (2000). Los abusos de la memoria. Barcelona, Paidós.