El primer párrafo del manifiesto de la Reforma Universitaria ha sido muchas veces evocado, y con razón. Se trata de un texto potente y elocuente, que da inicio a un panfleto político de extraordinaria capacidad de interpelación y movilización:
“Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.
Si la primera parte del texto escrito por Deodoro Roca sitúa la intervención política del manifiesto en el contexto específicamente cordobés, y advierte sobre el componente anti clerical y anti autoritario del reclamo estudiantil, la última oración del párrafo citado reúne dos conceptos que develan el horizonte político e ideológico en el que se produjo la Reforma: “revolución” y “hora americana”.
Es cierto que el manifiesto impulsaba a los estudiantes universitarios a protagonizar la democratización de los claustros y a asumir un nuevo lugar en la vida universitaria.
Efectivamente una de las dimensiones presentes en lo que se ha llamado la “Reforma Universitaria” fue una reivindicación centrada en la participación estudiantil y la necesidad de transformar las instituciones. La agitación logró una nueva forma de gobierno universitario, electivo y compartido entre profesores, estudiantes y graduados.
Al mismo tiempo, se impusieron demandas de transformación de los claustros, como la defensa de la enseñanza libre y laica, la asistencia libre de estudiantes y la implementación de concursos. La modificación de las instituciones era evidentemente uno de los objetivos del movimiento.
Sin embargo, esa reivindicación se inscribió dentro de un horizonte más amplio, que definió también objetivos de transformación cultural. La intervención juvenil estaba vinculada a un ideal de renovación ideológica, que expresaba diferencias o directamente rechazo al positivismo como paradigma orientador de la cultura científica predominante en las universidades. El manifiesto expresaba una impugnación a los valores de las viejas generaciones:
“La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse (…) En adelante sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de alma, los creadores de verdad, de belleza y de bien”.
Las referencias en esa porción del texto sintonizaban con influencias de nuevas perspectivas filosóficas inspiradas en autores como el francés Henri Bergson o el español José Ortega y Gasset. Lo bello, en confrontación con lo utilitario, como horizonte de renovación cultural, conectaba con las ideas del escritor uruguayo José Enrique Rodó, que abrevaban en la tradición del modernismo latinoamericano. El recorte identitario construido en torno de la condición “espiritual” de la cultura hispano americana, frente al “materialismo” de lo anglosajón, había sido planteado en Ariel, esa obra señera escrita por Rodó a comienzos de siglo que se transformó en una referencia inspiradora en todo el continente. En la Reforma encontraría el “arielismo” su encarnación en un actor colectivo, las juventudes universitarias, que se autopercibían, de acuerdo a la definición de José Ingenieros, como las “reservas morales”, en las periferias de la “decadente” civilización europea atravesada por la Guerra. La agitación juvenil tenía entre sus motivaciones la crítica a la sociedad burguesa europea como paradigma de progreso.
En ese territorio de incertidumbres las miradas introspectivas que se producían en el continente se recortaban cada vez más frente a la amenaza del imperialismo norteamericano. El movimiento de la Reforma Universitaria asumiría ese lenguaje, produciendo, a través de su expansión continental, un registro de sensibilidades compartidas, y la conformación de una comunidad, a veces imaginada, pero sostenida materialmente por medio de viajes, congresos, publicaciones, intercambios estudiantiles, etc., que expresaba la unidad del continente.
Es cierto que para algunos de sus impulsores la revolución era un horizonte lejano o una expresión espiritual, y el americanismo una identidad concebida en términos filosóficos o culturales. Sin embargo, pronto distintos actores que formaban parte del movimiento reformista inscribieron su participación y la impronta del movimiento en un horizonte de transformación en el que la revolución sintonizaba con otras experiencias contemporáneas de hondo contenido social. México, en donde se reuniría en 1921 el primer Congreso Internacional de Estudiantes, había atravesado una década de intensas transformaciones desde el estallido de la Revolución a finales de 1910. Y un año antes de la irrupción en Córdoba de la Reforma, en la lejana Rusia se había producido la Revolución Bolchevique.
Ese horizonte revolucionario atravesó fuertemente las redes de la Reforma y formó parte de la dimensión política del movimiento.
La UNLP un escenario reformista
La Universidad Nacional de La Plata fue uno de los principales escenarios del movimiento reformista. Como han consignado diferentes trabajos de investigación, ya desde 1919 el movimiento estudiantil asumió un fuerte protagonismo que impactó rápidamente en transformaciones reglamentarias, cambios de autoridades y el impulso de nuevas orientaciones en los contenidos y perspectivas de la enseñanza, con una impronta de renovación respecto del cientificismo predominante hasta ese momento. Pero la UNLP fue, además, un espacio en donde las reverberaciones del horizonte de la “revolución” en “la hora americana” adquirieron una particular centralidad, colocando a la ciudad como un punto de articulación de las redes continentales del reformismo universitario. A ello contribuyeron diferentes protagonistas y referentes del movimiento reformista platense que se ocuparon de generar en torno de sus intervenciones institucionales, pero principalmente a partir de otras iniciativas que desbordaron los espacios universitarios, una fuerte impronta latinoamericanista y de expectativas de transformación de la sociedad, más allá de los claustros.
Alejandro Korn fue un referente importante en torno del cual se desplegaron una serie de iniciativas de renovación cultural atravesados por el ideario americanista del arielismo. En torno de su figura se organizó el Grupo Renovación, que impulsó revistas como Valoraciones y Sagitario, en donde se difundía el credo anti positivista, la reivindicación del hispano americanismo, corrientes filosóficas espiritualistas y críticas al imperialismo norteamericano. Las revistas formaron parte del conjunto de referencias por donde circularon autores e ideas que conformaron una extendida red continental. Al mismo tiempo, los estudiantes de Renovación organizaron un grupo de teatro que buscaba promocionar las perspectivas humanistas de inspiración greco latina, a través de presentaciones en distintos espacios de la ciudad. El teatro era concebido como una práctica de extensión y de intervención en la cultura más allá de los espacios académicos.
La Universidad platense, bajo la presidencia de Benito Nazar Anchorena (1921-1927) había impulsado el humanismo anti positivista del reformismo universitario, a través de iniciativas como la transformación de la Facultad de Ciencias de la Educación (rebautizada Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación para darle impulso a la formación en Letras, Historia y Filosofía), la creación de la Escuela de Bellas Artes y el proyecto de un Teatro Griego, que no llegó a materializarse.
Un referente central de la impronta latinoamericanista en esos años fue Alfredo Palacios, quien entre 1922 y 1925 se desempeñó como decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Más allá de sus impulsos de renovación académica, Palacios ya contaba con un extenso recorrido de participación política en el Partido Socialista y había aportado saberes e iniciativas legislativas para abordar la “cuestión social”, vinculada con las condiciones de trabajo de los obreros. Palacios, erguido como uno de los llamados “maestros de la juventud”, había llevado también la prédica reformista a otras regiones del continente. Sus conferencias en la Universidad Mayor de San Marcos, Perú, en 1919, por ejemplo, han sido invocadas como una chispa para el estallido de la reforma en ese país. Palacios se involucró también en otros espacios de militancia política, como la Unión Latino Americana (ULA) orientada a la denuncia del imperialismo norteamericano.
Héctor Ripa Alberdi, Arnaldo Orfila Reynal, Carlos Sánchez Viamonte y Julio V. González fueron algunos de los estudiantes más activos del movimiento estudiantil platense, que contribuyeron a dinamizar las redes latinoamericanas. En 1921 algunos de ellos viajaron a México para participar del Primer Congreso Internacional de Estudiantes.
Allí se vincularon con José Vasconcelos y gestionaron el viaje y la estadía en La Plata del escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña, quien pronto se erigió como referente y se incorporó como docente en el Colegio Nacional. La Universidad en esos años posteriores a la Reforma atrajo a un conjunto de personas provenientes de distintas partes del continente. Estudiantes de Perú, Guatemala, México, Chile y Paraguay, entre otros países, arribaron a la ciudad para participar activamente de la vida universitaria y contribuyeron a consolidar las redes latinoamericanas de la Reforma y a ubicar a La Plata como uno de los puntos centrales de esa red. El estudiante guatemalteco Juan José Arévalo, quien algunos años más tarde ocuparía el cargo de Presidente de su país, fue uno de ellos. En sus memorias evoca el primer encuentro con Alfredo Palacios, al que no dudaba en situar como referente continental: “¡Alfredo L. Palacios! Ni soñarlo ¡Qué honor! (…) ¿Quién no sabía en América que Palacios era la más preclara figura política argentina? Compañero y amigo de José Ingenieros (muerto dos años atrás), Palacios formó con él y con Alejandro Korn, el filósofo platense, una especie de Tribunal de Honor, padrinos y protectores del movimiento reformista estudiantil del año 18 (…) adalid de la juventud que lo seguía hasta en sus menores ademanes, admirado y aplaudido en su oficio de jurista… ¡cómo no iba a sacudirme y a deslumbrarme la invitación!”.
Muchos de los estudiantes que viajaban a La Plata desde otras regiones del continente traían experiencias de fuerte confrontación política en sus países de origen. Tal como han advertido Candelari y Funes:
“La relación empática del gobierno de Yrigoyen con los estudiantes argentinos fue una excepción en el contexto latinoamericano. La democratización de las unidades académicas se enfrentó con gobiernos de carácter dictatorial lo que evidenció la esterilidad de un reclamo sectorial y llevó al movimiento estudiantil a establecer una relación con la sociedad y la política en la que la apertura, la democratización y modernización universitaria se vio inexorablemente ligada a la ruptura de los gobiernos oligárquicos”.
La Reforma Universitaria se inscribió así en un horizonte de transformación política y social, que agitó la imaginación de una porción importante de estudiantes cuyas expectativas desbordaban la actividad en los claustros.
Víctor Raúl Haya de la Torre, dirigente estudiantil peruano de renombre en esos años, cercano a otro dirigente reformista argentino, Gabriel Del Mazo, se encontraba desde 1923 desterrado por su protagonismo en las luchas estudiantiles, coordinadas con las del movimiento obrero en Perú. En 1925 envió desde su exilio en Europa una carta a un grupo de estudiantes del Colegio Nacional que publicaba la revista Estudiantina. Allí el dirigente estudiantil peruano agitaba la radicalización revolucionaria del movimiento, y ubicaba el núcleo de estudiantes secundarios platenses como parte del “verdadero” espíritu del movimiento reformista:
“Esa es la voz de la Reforma, pero no de la Reforma estancada en el simple entredicho de profesores y estudiantes, de la Reforma simplemente circunscrita a los lindes universitarios, sino de la Reforma que sale a la hacia la realidad social, que no quiere hacer del estudiante una casta parasitaria, sino que lo desplaza hacia la vida, lo sitúa entre la clase trabajadora y lo prepara a ser colaborador y no instrumento de opresión para ella.
La Reforma Universitaria corría riesgo de perder su sentido social, su misión precursora y gloriosa si quedaba como un simple movimiento universitario encaminado a preparar mejor, bajo más apropiadas condiciones, al profesional”.
Un año después, otro estudiante peruano, Luis Heysen, también desterrado por su participación en las luchas estudiantiles, asumiría un lugar de liderazgo del movimiento estudiantil platense, pero no a través de una carta sino a partir de su condición de estudiante de la Facultad de Agronomía de la UNLP. En 1926 Heysen fue elegido presidente de la Federación Universitaria de La Plata.
Mujeres en el movimiento universitario platense
Resulta un dato significativo el escaso reconocimiento al lugar de las mujeres en las luchas universitarias, a pesar de que al mismo tiempo participaban de distintos espacios de activación feminista desde donde luchaban por la igualdad de derechos políticos. Las mujeres eran parte de las instituciones universitarias, en general en carreras que se consideraban apropiadas para el género, como farmacia, enfermería o medicina. Más allá de ello, sólo recientemente la historiografía ha comenzado a reconstruir su participación y protagonismo en la Reforma. Algunas mujeres, como Lidia Peradotto y Delia Etcheverry, lograron ocupar lugares relevantes en el movimiento universitario platense. La primera fue directora del Liceo Víctor Mercante, impulsó originales propuestas de adscripción de estudiantes a las cátedras y promocionó la extensión universitaria. Delia Etcheverry se vinculó al grupo de Alfredo Palacios y se desempeñó como docente del Colegio Nacional.
En la década del treinta participaría de la experiencia del Teatro del Pueblo del Puerto de La Plata, vinculada al grupo de reformistas que se acercaron en esos años al Partido Socialista. Pero esa es otra historia…
Durante los años posteriores al estallido del movimiento estudiantil universitario la UNLP fue uno de los principales nudos de una red continental donde el horizonte de la “revolución” y la “hora americana” encontró a muchos de sus principales promotores